domingo, 17 de febrero de 2013

Blanca Navidad — one-shot.


‹‹Es la hora›› es todo lo que me dice y comienza a avanzar con sus pies enterrados bajo la nieve. Hace frío, todo el pueblo está cubierto de blanca nieve, la Navidad esta próxima. Hoy es veinticuatro, Noche Buena, la pasaremos con la familia en la casa de la tía Dorothy, la hermana de nuestro padrastro. Hace mucho que no lo vemos, desde los dieciséis años para ser exactos. Hoy en día nosotros tenemos veintitrés, el tiempo pasa volando.

‹‹No hay prisa›› le respondo siguiendo sus pasos. Aún es temprano, hoy no teníamos la obligación de regresar a casa, mañana sí, hoy todos tenemos una excepción. Es Noche Buena, Él decía que hoy y sólo por hoy podíamos pasarlo en familia.

‹‹Pero quiero pasar más tiempo junto a la chimenea›› insiste mi hermano y voltea, esperándome hasta que yo lo alcanzo. Ahí ambos reanudamos el paso con lentitud, hace frío pero era soportable para nosotros.

‹‹Me pregunto cómo estará mamá después de todo›› me encojo de hombros, yo también me preguntaba lo mismo. Sólo deseaba que ella no estuviera triste. Las noches buenas pasadas había estado triste durante toda la cena, a mi hermano y a mí no nos gustaba verla de esa forma.

‹‹Yo también››

Llegamos a casa y la puerta está entreabierta, de seguro alguien acababa de salir a hacer una compra de último momento. Tom deja el pequeño regalo que decidimos hacerle debajo del árbol de Navidad y juntos vamos hacia la cocina. Mamá termina de hacer la comida, su cabeza está a gachas. De seguro está cansada, en las fiestas siempre se queda todo el día en casa para hacer todo tipo de comidas. Es su especialidad.

No dice nada cuando Tom y yo le besamos la mejilla, sólo sonríe levemente. Camino al comedor y me siento en el mismo lugar de siempre, frente al plato vacío y los cubiertos a un lado. Tom se sienta a mi derecha y me mira con una sonrisa. La tía Dorothy pasa por al lado nuestro con prisa, siempre andaba apresurada hacia todos lados, entra como rayo en la cocina, seguro la ayudaría a mamá a traer la comida a la mesa. Gordon baja las escaleras y se sienta en la esquina de la mesa, a mi izquierda. Mamá se sienta del otro lado de Gordon y, a su lado, tía Dorothy. Su marido, John, ocupa la otra esquina. Los seis lugares ya están ocupados. Ellos no sonríen, están muy serios, quizá habían peleado de nuevo.

Mamá sirve la comida, cuando ella toma nuestros platos para ponerle el alimento, Gordon la mira de una manera extraña, mas mamá no dice nada y los coloca frente a nosotros. Yo como poco, no tengo hambre, mamá sigue triste y eso me quita el apetito.

‹‹Todo está como siempre. ¿Viste, Bill?›› pregunta mi hermano en un murmuro para que no se oiga. Yo asiento y me hundo en la silla, mirando a todos comer. Mamá luce seria y con esa mirada de tristeza que siempre lleva cada vez que venimos a visitarla. De seguro nos extraña, creo que habernos mudado tan lejos no le hacía bien. Ya se acostumbraría.

Cuando todos terminan de comer, es tía Dorothy quien junta la mesa y lleva la vajilla al lavabo. Regresa y se coloca su saco de piel y su bufanda. Tom y yo nos ponemos de pie, es la hora de salir a caminar por las calles a recordar viejos momentos. Todos se abrigan y nosotros dos somos los primeros en salir.

‹‹Todo está bien›› le recuerdo a mamá y la veo sonreír de nuevo. Guarda algo en su cartera, no alcanzo a ver qué es. Se la cuelga en el hombro y toma un pequeño ramo de rosas blancas y otro de rosas rojas. Las lleva en la mano todo el camino.

Todos van en silencio, Tom de vez en cuando le dice algo a mamá, es con la única que habla al igual que yo. Los dos creemos que no debemos molestar a la gente cuando está enojada o demasiado silenciosa. Y eso es lo que hacemos, dejarlos tranquilos. Solos se les iba a pasar cualquier enfado que tuvieran.

—Yo me quedo aquí, Simone –le dice Gordon a mamá y la tía Dorothy con su marido acuerdan en quedarse con nuestro padrastro también. Sólo entra mamá, camina por entre los yuyitos que sobresalen de la nieve y se detiene al ver las placas.

—Los extraño tanto –coloca las flores rojas sobre la primera placa y las blancas sobre la segunda. Limpia la nieve que ambas tenían y de su bolso saca dos cuadritos pequeños. Los deja en cada una y se pone de pie. —. Nos veremos pronto. Feliz Navidad –dice y camina de regreso. Miramos hacia arriba, aún podemos quedarnos un poco más, todavía no amenaza con llover.

Cuando regresamos a casa Tom se sienta frente a la chimenea y se queda ahí, viendo las llamas pequeñas hacerse más grandes y encogerse otra vez. Parece entretenido con eso y yo simplemente lo dejo. Mamá sube las escaleras y decido seguirla, quiero que esa cara triste se vaya.

Cierra la puerta del baño y apoya su espalda sobre la puerta, tallándose los ojos. Tomo un labial rojo que hay sobre el borde de la tina y escribo el espejo.

‹‹Estamos aquí, mamá›› veo como su sonrisa reaparece, ésta vez más grande y sincera. ‹‹Estoy contigo›› escribo más abajo y de sus ojos unas pequeñas lágrimas comienzan a descender. ‹‹No llores›› pongo en el azulejo al ver que el espejo se queda sin lugar para seguir rayando.

—Quiero verte, Bill –pide en un susurro. No quiere que nadie la oiga, Gordon aún tiene la idea de que ella está loca porque es la única que puede vernos a mi hermano y a mí.

‹‹No puedes. No puedo hacer nada para que puedas›› escribo con tristeza. Son sus ojos vivos los que no pueden hacer nada para vernos. No hay solución, sólo esperar que llegara su turno.

—Nos veremos pronto, hijo.

‹‹Te esperaré››

—Los amo –y sale del baño con una sonrisa de felicidad en el rostro. Bajo detrás de ella y me siento junto a Tom.

‹‹Ya sonríe›› le informo y él asiente.

‹‹La he visto››

‹‹Debemos volver›› asiente y ambos nos levantamos. De la mesita de café tomo un papel y un bolígrafo y lo apoyo en el suelo, escribiendo unas pocas palabras. Lo doblo y lo guardo en el bolsillo del vestido de mamá.

—Te visitaremos la próxima Navidad –lee en voz baja. Cuando me aseguro de que vuelve a sonreír, llamo a Tom y ambos salimos por la puerta, directo al bosque. Era el camino más corto hacia el cementerio.

‹‹Feliz Navidad, hermano›› me dice antes de desaparecer entre la nieve. Sonrío.

‹‹Feliz Navidad, Tom›› y hago lo mismo que él.

Era el precio que debíamos pagar por querer hacer un tour tan jóvenes con un bus que no tenía frenos.



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