sábado, 16 de febrero de 2013

She wolf — Parte I.

Ella corre entre las montañas. Pisa charcos pequeños de agua formados por las recientes y fuertes lluvias. Se moja, está herida en su lomo, pero no quiere detenerse. La siguen, parar sería atentar contra su propia vida. 
Se esconde en una cueva no muy grande, quizá ella solo puede entrar. Y lo comprueba haciéndolo, los cazadores siguen de largo y no la ven, la pierden de vida. Por si acaso se queda unos cuantos minutos ahí, descansando, esperando que nadie más se atreviera a querer asesinarla por su pelaje. Pasan cinco minutos, nada. 

Se asoma levemente y mira hacia ambos lados, no ve a nadie. Decide volver a su aldea, su padre debe estar bastante preocupado, estar dos horas fuera de su hogar era algo común para y en ella, pero su padre, que era anciano y débil, seguía temiendo cada vez que su hija salía sin avisar y sin guardias que la protegieran de cualquier tipo de riesgo.

Camina con lentitud, con paz, el peligro ya pasó, los cazadores buscarán otro pobre animal para matar y obtener dinero con su piel. Ella ya está cansada y —desgraciadamente— acostumbrada a ello. Por suerte ha aprendido a escapar de todos ellos. Sí, no era la primera vez que la perseguían con lanzas.

—Voy a tener problemas—piensa internamente al llegar a su aldea. Camina entre las personas, ellos la miran y le sonríen, no le hablan porque siendo lo que es, creen que no entiende. Pero se equivocan, siempre lo hicieron, ella entiende cada cosa que las personas dicen. Sigue viva y protegida porque su padre es el Mayor en la tribu, de lo contrario hubiera corrido la misma suerte que sus amigos, los que eran como ella. Terminaron convertidos en sacos para damas en una tienda de California. 

—Ameli—dice él al verla entrar lenta y tímidamente en la choza. Ella camina hacia él, con la cabeza gacha y arrastrando sus cuatro patas, con la cola metida entre éstas.

—Lo siento— aúlla ella, su padre sonríe negando. Revisa de que no haya nadie cerca vigilándolos y le asiente. De un momento a otro, aquella loba es convertida en una joven de piel pálida, ojos azules como el cielo y cabello ondulado y anaranjado. Está desnuda, pero eso no es algún problema para su padre, después de todo es él quién la crió.

—Vístete, no debes enfermarte—ella toma aquel tapado de piel de búfalo y se lo pone sobre sus hombros. Se acerca a la fogata que hay dentro de su gran choza y se sienta, sintiendo el calor, abrigándola por completo. Es reconfortante, lo sabe. Lástima que no todo el pueblo pueda sentir lo mismo—. ¿Qué tienes en tu cuello?—le pregunta él luego de observarla fijamente durante varios minutos sin que ella se dé cuenta. 
Ameli se tapa el cuello con su mano por inercia, no recuerda qué le pasó pero al tocarlo le duele. Su padre se pone de pie y se acerca levemente. Ella se levanta del suelo también, no quiere que su anciano padre se ponga en cuclillas porque no puede. 

—Déjame verte—le pide. Ella no dice nada, es de pocas palabras, siempre lo ha sido. El anciano de cabellos largos y canosos le destapa el cuello y ve con asombro la herida en él—. Fuiste a las montañas—le dice sin dudarlo. Ameli no dice nada, no hace falta negarlo. Es la verdad—. ¿Cuántas veces tengo que repetir lo mismo, hija?—dice él, cansado. Toma un recipiente de arcilla y lo llena de agua, calentándola por unos segundos en el fuego. La saca y la deja en el suelo, tomando un pedazo de trapo y sumergiéndolo. Lo estruja para que no choree agua y lo pasa sobre el cuello de su hija, limpiando el pequeño rastro de sangre seca. Ameli no se mueve, sólo se queda mirando el fuego fijamente, sin siquiera pestañar. Se pregunta cuándo podrá salir a la aldea sin necesidad de estar disfrazada de alguien que no es. 
*
*
*
—Debes llevar esto a Muhúmi—le pide su padre. Ella se levanta del suelo, estira sus patas y se transforma en humana de nuevo. Son pocas las veces que es así, una persona, es su naturaleza y nunca le importó cambiarla. No lo necesitaba, era muy feliz así, siendo mitad lobo y mitad humano. Es algo extraño, por eso mismo no podía salir a ciertas horas del día. Tenía un horario para salir como humana y otro para salir como lo que realmente era, un lobo. 

Se coloca sus vestimentas de piel, en el bosque hacía muchísimo frío, estaba cruzando pleno invierno y a estas alturas varias personas en su aldea habían fallecido debido a que no tenían los recursos necesarios para sobrevivir. 

Toma el paquete que le entrega su padre, está envuelto en cuero marrón, no sabe de qué animal es, pero es suave y bonito. Tiene un cordel para que no se abra y un papel envuelto en varias partes, justo debajo de donde se cruza el cordel para que no se salga.

—Ten cuidado—le dice su padre antes de salir de su choza. Camina por entre la gente como siempre, fingiendo ser la mujer del Mayor cuando en realidad es su hija. Era el precio que tenía que pagar por no haber cumplido las reglas en su momento.
*
*
*
Ha desobedecido, sabe que está mal pero no puede evitarlo, es parte de su naturaleza, siente que lo que hace está cincuenta por ciento bien y el resto mal, o sea la mitad de cada uno. Ya luego podrá pedir disculpas, por el momento lo único que debe hacer es liberarse, sentirse libre. Ser libre.

Corre por las praderas repletas de nieve, se resbala en un lago congelado y se golpea varias veces contra una madriguera de algún bicho que no quiere salir. Por lo visto le ha tapado la entrada, teme que no puedan salir luego, pero luego recuerda que salen en la primavera y para ese entonces la nieve se habrá derretido. Se tranquiliza y vuelve a lo suyo.

—¡Allá! ¡Allá está el animal!—alza sus orejas al oír unos gritos, son hombres. Busca con la mirada de dónde provienen las voces pero no los ve, están escondidos en alguna parte. Se angustia, está en una pradera, no puede esconderse en ninguna parte porque simplemente no tiene nada. Un árbol, un tronco, una roca, no hay nada. 

Opta por correr.

Pero la alcanzan. Le disparan. Cae. La alzan en brazos. La dejan caer pesadamente sobre algo duro, se dá cuenta que es un automóvil cuando lo nota arrancar. Ellos creen que está muerta, hablan de la cantidad de dinero que alguien les dará por entregárselas. Piensa en su padre. 

Tiene que salir de ahí.
*
*
*
—¡Ameli!—su padre la busca desesperado, no sabe a quién recurrir. No la encuentra, espera en su choza, cree y está seguro que en cualquier momento ella aparecerá por la entrada. Pasan las horas, ella no lo hace. Llega la noche, se da cuenta de que algo malo ha pasado. Se angustia a tal punto de que su corazón no da más y se detiene. Logran encontrarlo antes de que muera, lo rehabilitan y lo dejan descansar. Pero no podrá hacerlo hasta que su hija esté consigo, a su lado, durmiendo echa un bollito en la esquina de su choza, acurrucada y abrigada por su propio pelaje. 

Teme que los cazadores le hayan hecho algo malo.
*
*
*
Despierta, tiene la visión borrosa. Siente que ya no se está moviendo, quiere mover sus patas pero no puede. Alza su cabeza, está amarrada al suelo con sogas. Intenta aullar, tampoco puede, tiene un bozal en su hocico. Al parecer ellos se han dado cuenta de que sigue viva. Se desespera al ver que es de noche, su padre es lo primero que se le viene a la mente. Se desespera y se mueve frenéticamente, lo único que consigue es hacer ruido y que los hombres entren al ático en donde ella se encuentra. La desatan pero en su lugar y sin quitarle el bozal, le colocan un collar y una correa de perro. La jalan con fuerza hacia afuera y la guian hacia un cabaña, completamente iluminada y viva. Se pregunta internamente qué hace ahí y para qué la quieren. 

Aún no quiere morir. No con dieciséis años.

La entran a la cabaña casi a rastras y lo primero que ve, es a otro hombre parado de pie frente a una chimenea, está de espaldas a la puerta así que no puede ver su rostro. 

—Jefe, aquí está. Es hembra—dice uno de ellos y aquel hombre voltea. Ameli se asombra de sus facciones y de sí en realidad. Es extraño. Tiene una bolita bajo el labio que brilla con ayuda de la luz y un pañuelo en la cabeza. ¿Que eso no se usa para calentarse el cuello? 

—¿Hembra?—dice él, confundido. El otro asiente y se acerca, extendiéndole la correa para que el "Jefe" la tomara. Una vez en sus manos y al ver que su agarre es débil, divisa un par de escaleras y cree que es su única salvación. Vuelve a mirar al hombre, quizá sea el Mayor de ese lugar. Nota que está distraído y hecha a correr hacia las escaleras, subiéndolas con rapidez. Ni bien lo hace, escucha a los tres hombres correr detrás mientras gritaban. Se asusta. 

Ve una puerta entreabierta y no duda en entrar; mala idea.

—Oh...—la cara de aquel joven parece asustada al mirarla entrar. Se corre del buró que revisaba y camina hacia atrás con lentitud—. Lindo perrito...no me hagas nada...—murmura con la voz temblándole. Ameli está confundida, ¿por qué habría de hacerle daño? Esa no es su intención. 

Nota que hay una ventana y ésta está abierta, sólo un poco, pero lo está. La puerta se abre detrás de ella y hace lo primero que se le cruza por su mente: salta. 

—¡No, Bill!—grita el Jefe creyendo que la bestia se le abalanzaría a su hermano. Pero no lo hace. Atraviesa la ventana y afuera se escucha un golpe seco. El menor, aún asustado y confundido, se acerca al marco y se apoya en él, mirando hacia abajo.

—Ay, no...—susurra con preocupación y sin hacerle caso a su hermano, toma su abrigo y se lo pone mientras baja las escaleras rápidamente. Abre la puerta y voltea la casa hasta llegar a la loba. Se arrodilla a su lado y la mira de cerca, tiene sus ojos abiertos pero no se mueve. Aúlla de dolor, ¿llora? 

Bill se atreve a poner una mano sobre su cabeza para acariciarla e intentar tranquilizarla. Al principio ella gruñe, tiene miedo de que aquel muchacho le haga daño. Pero al ver que esas no son sus intenciones, se deja—. ¡Tom, no la dejes morir! ¡Ven, ayúdame!—casi le roga a su hermano mayor. Éste mira a sus colegas, le tiene un profundo odio a aquellos animales, ellos fueron quienes los dejaron sin padres unos años antes. Aunque no precisamente tendría que ser ésta loba así. Baja con su hermano y lo ayuda a entrarla a la casa de nuevo. La dejan al lado de la chimenea y le quitan la correa y el collar, pero optan por dejarle el bozal un tiempo más. Ambos tiene miedo de que pueda reaccionar mal.

Bill le roga a Gustav, que es veterinario, para que la cure. Después de casi arrodillarse, llorar y besar sus pies, él accede. 

—Tiene una pata rota—es todo lo que él dice y le coloca un "yeso" improvisado para que no la mueva y se cure más rápido—. ¿Qué harán con ella?—les pregunta el rubio a los hermanos. Ninguno de los dos sabe qué hacer.

—Por el momento se quedará aquí—dice Tom—, hasta que se cure y pueda irse—Bill sonríe con amabilidad, al parecer su hermano le perdonará la vida ésta vez a una criatura inocente.
*
*
*
Han pasado dos semanas y ese día por la mañana, Bill decide quitarle el bozal definitivamente a su "mascota". Sólo lo habían echo para darle de comer, ya que no querían arriesgarse, pero la loba parecía haberse acostumbrado bien a estar con ellos y él creía que no le haría daño alguno. 

—Tranquila, shh, tranquilita...—murmura Bill, arodillado a su lado. Se lo quita despacio, no quiere ser brusco para que ella no se asuste. Al finalizar, lo deja sobre el sofá y ella bosteza, largando un leve chillido
—. Hahaha, qué bonita eres—le toca la cabeza y ella cierra los ojos sintiendo las caricias, Bill era bueno con ella, Ameli se sentía bien a su lado. Aunque no podía esperar a que su pata se curara para volver con su padre. Le dolía un poco aún, pero al menos podía mantenerse en pie y caminar, despacio, pero podía.
*
*
*

Una semana más.

Gustav ha pasado por la cabaña de los hermanos para quitarle el yeso a la "mascota de Bill". Él está encaprichado con que quiere quedársela, pero Tom se niega rotundamente. Ameli también, sólo que ella no lo manifiesta, ya llegará el momento perfecto para escapar. Lo siente por Bill, él ha sido muy, muy bueno. Pero debe regresar con su padre, sólo para saber si está bien. De vez en cuando podrá volver a la cabaña para visitarlo, siempre y cuando se aprenda el camino de ida y de regreso.

—Su pata se curó por completo—dice Gustav a los hermanos—. Cuando quieran, pueden dejarla sola y ella volverá con su familia—Ameli oye todo desde la sala de estar, recostada (como casi siempre) frente a la chimenea. Sabe que el hermano más grande, el "Jefe" o como Bill le decía, "Tom", no esperará ni un minuto más y la sacará afuera. O al menos eso espera.

Gustav se va enseguida. Tom y Bill vuelven al comedor y se sientan en el sofá, detrás de Ameli. Comienzan a hablar y luego discuten, ella oye todo. ‹‹Qué ilusos›› piensa, ‹‹creen que no entiendo nada››. 

—Bill, debemos deshacernos de ella. Lo sabes, ese fue el trato—repite Tom, agoviado por el comportamiento infatil de su hermano para con la loba. Es ridículo, ¿quedársela como mascota? Imposible por más que ambos lo quieran (cosa que no es así), es un animal salvaje, no merece estar encerrado de por vida. Además, en un mes ellos volverán a la ciudad. Van a esa cabaña a vacacionar y despejar un poco sus mentes, el trabajo los agovia. 

—Pero Tom...—él negó.

—Pero Tom, nada—dice muy firme—. Abriré la puerta, si se va, no pienses detenerla—Bill baja la cabeza y asiente. El mayor se pone de pie y camina hacia la puerta, abriéndola. 

En cuanto Ameli oye el ruido de las bisagras moverse, alza las orejas. Bill la mira, siente tristeza, le ha tomado mucho cariño, él creía que formaría parte de su pequeña y rota familia. Al parecer se equivoca de nuevo. 

Ni bien Tom se aleja de la puerta, Ameli se pone de pie, se sacude y camina despacio hacia ella, no le tiene demasiada confianza al hermano de Bill. 

El pelinegro se da cuenta de algo; Tom le ha perdonado la vida a éste animal, pero no hará lo mismo con el siguiente. Asique se pone de pie y camina hasta su "mascota", acariciándole la cabeza. Se saca su collar de cruz y se lo coloca en el cuello, Ameli se queda quieta para el asombro de Tom. No la ha visto comportarse así nunca, no hace eso cuando él estaba presente.

—Espero que no se le pierda, es para reconocerla y que no vuelvas a querer matarla—dice Bill, algo apagado según su tono de voz. Tom asiente, es lo mejor. Tampoco quiere capturarla, se nota que su hermano quiere a esa lobita.

—Anda, vete...—dice Tom. Ameli escucha, mira por última vez a Bill y sale corriendo, metiéndose en el bosque y desapareciendo enseguida detrás de los árboles. Bill mira a Tom con algo de decepción, pero en parte entiende su elección—. No puedes obligar nada a nadie, Bill—le dice el mayor, tratando de que su hermano comprenda. Y lo hace. Sólo asiente, sube las escaleras y se encierra en su habitación. Sabe que ella pronto volverá, lo sabe y está seguro de que así será.
*
*
*
Ameli llega a su aldea y se asombra al ver que nada es como antes. Su pueblo...su hogar no está. En donde se hallaban las chozas de la gente y en general toda su cultura, ahora haby únicamente un gran terreno desprovisto de cualquier ser vivo. Hay huellas en la nieve, se han movido, se han ido a otra parte y no la han esperado. 

La han abandonado. 

Quiso convertirse y llorar, mas sólo se recuesta en la fría nieve y se hace un bollito, tratando de encontrar calor con su propio pelaje. Qué cruel e injusta suele ser la vida, aunque siente que todo eso ha sido sólo su culpa. Si no se habría escapado no la habrían capturado, si no habría intentado escapar por la ventana no se habría quebrado una pata y habría vuelto antes, justo a tiempo para ir con ellos.

Aúlla, no sabe qué puede conseguir con eso, sólo lo hace. Siente un vacío en su interior, ¿cómo pudo pasar? Una y otra vez se pregunta lo mismo, pero no logra obtener una respuesta de sí misma. 

‹‹Cosas que pasan...››piensa con nostalgia y se pone de pie. Irá con los hermanos, no sabe cómo reaccionarán ellos, pero si convertirse frente a sus ojos es lo que la salvará, pues entonces lo hará. Será la primera vez que va a hacerlo frente a una persona —dos, mejor dicho—que no es su padre. Espera que ellos lo tomen bien y la ayuden. 

Corre entre los árboles para buscar la cabaña, está desorientada. No recuerda bien el camino pero luego de dar vueltas por todas partes, y antes de que la noche se haga presente, la encuentra. 

Sube los escalones y rasguña la puerta con sus patas, lo único que espera es que quien abra sea Bill. No la escuchan, quizá estén en la planta de arriba. Baja y va hacia donde se encuentra la ventana de Bill, mira hacia arriba pero se lamenta al ver que está cerrada y tiene las cortinas corridas. La persiana no está, así que probablemente pueda oírla. 

Aúlla. 

Después de unos minutos aullando con desesperación, ve con alegría que las luces del cuarto del pelinegro se encienden, alumbrando apenas un poco. Las cortinas son corridas y la ventana se abre. Aún no se asoma nadie, aún no...ahí sí. 

Bill mira con el seño fruncido a la que fue su mascota por unos días. Sonríe ampliamente y silva, llamando la atención. Ameli alza las orejas y mueve la cola, está feliz. 

—¡Quédate ahí, ahora bajo!—le grita Bill como si ella entendiera, él sabe que se quedará ahí pero no sabe que Ameli realmente entiende cada cosa que dice. ¿Cómo no? Después de todo es humana también, en parte, pero lo es. 

Bill baja las escaleras corriendo como si dependiera eso su vida. Al llegar a la sala de estar, Tom lo mira con el entrecejo fruncido.

—¿A dónde vas?—le pregunta él, es algo tarde como para salir a caminar. Usualmente Bill solía hacerlo, pero más temprano—. Bill.

—Está aquí, Tom, la loba volvió—comenta con emoción y camina a paso ligero hacia la puerta. El mayor se pone de pie, ¿cómo es eso posible?

—¿Cómo sabes que es ella? ¿Tiene tu collar?—Bill se encoge de hombros, seguro que sí lo tiene. No hacía ni tres horas que se había ido de su cabaña, tiene que tenerlo. Además es la misma, no hay ni una variación en su pelaje ni en la forma de aullar. 

Abre la puerta y vuelve a silbar  en pocos minutos ella aparece por el costado de la casa y se acerca con timidez, mirando al suelo y con la cola entre las patas.

—Oh, bonita, ven aquí—Bill palmea sus piernas y ella alza su cabeza y luego las orejas. Su cola se mueve otra vez de un lado hacia otro, Tom no puede creer lo que ve—. ¿Ves, Tom? Es ella—le dice a su hermano, mostrándole el collar en su cuello, perdido entre su pelaje.

—¿Y por qué volvió?—Bill se encoge de hombros otra vez, no lo sabe pero no le interesa, su mascota ha vuelto y si lo hizo es porque seguramente también le tomó cariño. Sonríe ampliamente sin darse cuenta y se aparta para hacerla pasar—. ¿Qué? No, Bill, aquí no entrará—dice su hermano firmemente. El menor hace un puchero, también es su cabaña y si él quiere, la va a entrar.

—También vivo aquí, además pronto comenzará a nevar. Apártate—le da un leve empujón y le silva a la loba para que pase.

Ameli se siente tibia, recostada frente a la chimenea otra vez con Bill al lado suyo, sentado con las piernas cruzadas. Tom ha subido a su cuarto hace pocos minutos, al parecer no le agrada que esté ella ahí pero no le importa. 

—¿Qué te hizo volver, eh?—murmura el pelinegro, acariciándole las orejas. Ameli cierra los ojos al sentir su mano, es placentero y acogedor. Su padre solía hacer lo mismo. Se pregunta a dónde estará él. Espera que esté bien, es común que se fueran a otra parte, los alimentos comenzaban a escasear. No interesa, ya se las arreglará ella sola si los hermanos no pueden ayudarla.

Quiere ponerse de pie para pasar a humana, necesita explicarle todo a Bill con urgencia, pero algo la hace detenerse. Mira de reojo al menor, él está atento a las llamas de la chimenea que bailan por la suave y fría brisa que entra por algún recoveco en la pared. Decide esperar hasta mañana, hoy pasará la noche con ellos.
*
*
*
Despierta al oír unos pasos bajar las escaleras. Alza su cabeza y mira hacia esa dirección, Bill sonríe levemente al mirarla, no ha querido irse, ha estado toda la noche echada ahí y al parecer no tiene intenciones de regresar con su familia. Bill se da cuenta de algo y se preguna si ella realmente tendrá familia. 

—¿Cómo dormiste?—le pregunta él. De vez en cuando se da cuenta lo ridículo y absurdo que se ve a él mismo cuando le habla a la loba, sabe de más que ella no va a responderle.

Ameli mueve la cola en forma de respuesta, ha dormido bien, caliente y cómoda sobre la alfombra. Tiene que salir un momento afuera, es el momento perfecto para transformarse y volver a entrar. Explicarle todo a Bill y pedir ayuda. Está segura que él hará algo.

Se pone de pie y rasguña la puerta, Bill entiende que quizá ella quiere hacer sus necesidades y la deja salir. 
Ameli camina hacia el bosque, hay un problema. No sabe qué se pondrá, no puede tocar la puerta desnuda como suele aparecer luego de pasar a humana. Mira hacia todas partes y camina hacia la parte trasera de la casa, encuentra un ténder y saca una polera grande con sus dientes. Se esconde para que ninguno de los dos pueda verla en caso de que estén espiándola y se convierte. 

Un escalofrío le recorre la columna al sentir una ventisca golpear contra su cuerpo desnudo. Rápidamente se coloca la prenda, le llega hasta debajo del trasero. Toma los bordes con sus manos y los estira más abajo, no quiere que se le vea nada frente a Bill.

Camina con los pies descalzos sobre la nieve, hace demasiado frío y ahora más que nunca lo siente bien. Ha estado como humana únicamente en la choza de su padre, es la primera vez que está así en un lugar abierto, en el exterior.

Sube las escaleras y suspira profundamente. Toca la puerta con los nudillos y espera. Se abre, Bill frunce el seño al ver a la pálida muchacha de ojos azules y cabello anaranjado. 

—Dios...—susurra, ¿no tiene frío?—. Ven, pasa, pasa—le dice apartándose y ella entra tímidamente. Se siente otra como humana, no es la misma por fuera pero sí lo es por dentro—. ¿Quién eres?—le dice, está confundido. Mira la polera, es de su hermano. ¿Ha andado desnuda? ¿Y de dónde salió? Por estos lados no hay pueblos ni ciudades, la más cerca queda a kilómetros de ahí.

—Bill...—murmura y él la mira a los ojos, ¿acaso ha dicho su nombre? Sus ojos...ha visto esos ojos en otro lado. 

—¿Cómo te llamas?—pregunta para cambiar de tema. Cree que lo más probable es que se haya equivocado y no es su nombre el que dijo. Quizá sólo lo había pensado o imaginado y ya.

—Ameli—dice mirando al suelo. Bill la mira otra vez, su cuerpo pálido y delgado, sus cabellos largos y anaranjados, parece una muñeca de porcelana. La toma de la mano y la acerca hasta el sofá. Él se sienta y ella lo imita, Bill aún no entiende nada. ¿Cómo puede andar desnuda así como así cuando afuera hay bajo cero? 

—Bonito nombre—responde después de unos minutos—. Y...—ella lo mira—, ¿qué haces por aquí?

—Bill, soy yo—ahora sí, está completamente seguro de que ha dicho su nombre. Frunce el entrecejo, no la reconoce. No sabe quién puede ser—. Tu mascota—dice ella mirándolo a los ojos. Bill se pone de pie por inercia, ¿qué cosas dice?

—¿Qué?—empieza a creer que tanto frío lo está volviendo loco. Su mascota era una loba, no una persona. ¡Una persona!

—Bill, soy la loba. Mírame—él la mira a los ojos, los mismos que la loba, pero no puede ser ella. Quizá es coincidencia, en Alemania los ojos azules son bastante comunes. 

—No, tú no eres la loba. ¡Eres una persona! ¿No te ves?—le dice él, nervioso y asustado. Ella luce tranquila y miedosa, pero se controla.

—Cierra los ojos—le pide ella. Bill lo hace, no sabe por qué, pero lo hace. Escucha un gruñido, los abre asustado y por la sorpresa cae sentado en el suelo. Ahí está la loba, quieta, paciente. Se acerca a él a tal punto que su hocico roza su mejilla, Bill está temblando. Ella emite un sonido, como cuando los perros lloran.

—¿Eres tú?—pregunta inconscientemente. Ella mueve las orejas, Bill no puede creerlo. Escucha pasos, mira hacia la escalera y su hermano va bajando.

—Buenos días—saluda pero Bill no le responde, simplemente no puede articular palabra. Está mudo, siente un nudo en su garganta pero no de esos que te indican que llorarás, sino otro. No sabe cuál con exactitud. 






No hay comentarios:

Publicar un comentario